EN MEMORIA DE OCTAVIO RODRÍGUEZ MORALES,

UN MAESTRO ENTRE MAESTROS

DE NUESTRA MÚSICA TRADICIONAL

(Los Realejos, 1940 - 2014)

Maestro entre los maestros

de fama reconocida.

¡Oh qué cruel es la vida!

¡Qué destino tan siniestro,

que te llevastes tan presto

a nuestro querido Octavio,

que es tocador honorario

de la música canaria!

A él dedico esta plegaria

como sentido epitafio.

                         Juan Francisco Rodríguez López

 

 

 

El pasado día 2 de abril falleció en su domicilio Octavio Rodríguez Morales, uno de los últimos grandes maestros de nuestra música tradicional. Mientras dormía plácidamente junto a su esposa, su corazón, que siempre había cuidado con esmero, dejó de latir, inesperadamente, y truncó su vida con 73 años aún llenos de ilusiones y de muchas ganas de vivir. Se fue en el silencio de la noche sin decirnos adiós, pero como él siempre había deseado: en un instante, sin sufrimientos y, sobre todo, sin hacer sufrir a sus seres más queridos, su esposa y sus dos hijos.

Octavio había nacido el día de San Juan de 1940 en La Zamora, un pago del municipio de Los Realejos, y era el más pequeño de los trece hijos de doña Remedios Morales Guanche y don Julián Rodríguez Luis. Desde muy niño manifestó un especial interés y excelentes aptitudes para la música. Muchos atardeceres pasó ante la casa de don Pablo Mesa Ávila, conocido como Pablo “el herrero”, que vivía muy cerquita de la suya, para oír cómo tocaba la guitarra e intentar luego hacer lo mismo con la que sus hermanos mayores, sin éxito, escondían sobre un armario para que no la pudiera alcanzar y estropearla. Pero, al comprobar que no le sonaba como la de don Pablo, un día se atrevió a preguntarle qué era lo que tenía que hacer para afinarla y que sonara como la suya, y con sus explicaciones empezó a tocar la guitarra. Más tarde aprendió también a tocar la contra, nombre que recibía en todo el Valle de La Orotava el hoy llamado timple, que se tocaba, y aún se sigue tocando, con cuatro cuerdas, como en el resto de Tenerife.

Como no era el único tocador y cantador de su familia, pues sus hermanos José y Domingo también sabían tocar la guitarra y la contra e, incluso, cantar, aunque todos reconocían que el mejor cantador era su hermano Jorge, muy pronto formaron una parranda familiar, con la cual pasaban muchos ratos al anochecer, sentados en el viejo canapé situado en el patio de su casa que daba a la carretera. Esta primera parranda, poco a poco, se fue dando a conocer como “Los hijos de Julián Castro” o, simplemente, “Los Castros”, que llegaron a ser muy valorados por lo bien que sonaban y, como decía doña Antonia “la cestera”, porque “aunque se quedaron sin padre muy pronto, siempre estaban tranquilos, no eran amigos de armar jaleos, sino de tocar y cantar; eso era lo de ellos”. Esto explica que muchos otros tocadores de su entorno se sumaran encantados a su parranda, como don Servando Llanos García, un gran tocador de guitarra, contra, laúd y, sobre todo, violín de la Cruz Santa, con el cual amenizaron muchos bailes de aquellos que se terminaban al aclarar el día.

Aparte de la guitarra y la contra, Octavio aprendió a tocar también el laúd y el acordeón. La oportunidad se la brindó don Genaro Hernández González, llamado Genaro “el zapatero”, al instalar su taller y su residencia, precisamente, en su misma casa. De él aprendió a tocar el acordeón y muchas de las canciones de su repertorio, pues el trabajo de zapatero le permitía cantar a todas horas del día. El aprendizaje de estas canciones y del toque de los instrumentos de canto convirtió a Octavio en un tocador capaz de incorporar partes de las melodías al acompañamiento de la guitarra y al rasgueo de la contra e, incluso, sustituir con ellos los instrumentos de canto, bien cuando faltaban en alguna parranda, o bien cuando no tenía quien lo acompañara y tocaba él solo con su guitarra. Octavio, por tanto, era algo así como el “tocador-comodín” de las parrandas, de ahí que fuera siempre muy solicitado y querido por todos los tocadores que lo conocían y admiraban.

Esa maestría de Octavio se consolidó a partir de 1971, al casarse con Rosa Aurora Borges Yanes, que también era una gran amante de la música tradicional y, por eso, muy pronto se destacó como una excelente cantadora con un estilo muy particular. Desde entonces, compartió con ella todas las parrandas, ya fueran las que, espontáneamente, surgían para pasar un buen rato, o las que solicitaban su colaboración. Es el caso, por ejemplo, de Los Alzados, con los que compartieron dos de las etapas más importantes de su larga trayectoria: el viaje a Cuba y Venezuela en el verano de 1987, y las diversas presentaciones realizadas en Tenerife, Gran Canaria y Madrid, del segundo libro publicado en 2011.

Aparte de estas parrandas y colaboraciones eventuales, Octavio y Rosa mantenían otra estable, que consideraban su propia parranda. Tuvo su sede en el salón de su casa, que, muy pronto, se convirtió en una auténtica escuela de música tradicional. Estaba formada por tocadores y cantadores excepcionales, auténticos maestros como Octavio, procedentes de diversos lugares del municipio. La constituían dos cantadores: Rosa, su esposa, y don Isidro Hernández Hernández; don Manuel López González, tocador de bandurria y violín; don Honorio Hernández Díaz, tocador de laúd; y cuatro tocadores de guitarra: don Domingo Pérez Machado, don Pedro González Méndez, don Juan Ruiz Francisco y don Terio López Suárez. Para completarla solo faltaba la contra, que, naturalmente, tocaba Octavio, en lugar de la guitarra o el laúd. Aunque se citan solamente dos cantadores, cuando el ambiente de la parranda se animaba, la mayoría de los tocadores, además de los estribillos y canciones, solían entonar también algunos de sus cantares.

Por esta parranda pasaron, de manera ocasional, muchos otros cantadores y tocadores de la zona, que no me atrevo a mencionar por temor a olvidarme, involuntariamente, de alguno de ellos. Por esta misma razón, no me atrevo tampoco a citar los jóvenes discípulos de Octavio, a excepción de José Antonio Hernández Barroso, porque fue un gran bailador que colaboró también, desde el principio, en el trabajo de Los Alzados; y porque, cuando Octavio había logrado convertirlo en un buen tocador de contra, nos dejó para siempre a sus 50 años, víctima de una cruel enfermedad.

Al igual que José Antonio, poco a poco, fueron desapareciendo también los demás miembros de la antigua parranda, de tal manera que, hasta abril de este año, solo quedaba en activo Octavio, que era el más joven, pues don Honorio, aunque aún vive, debido a su avanzada edad, ya hace tiempo que dejó de tocar. A pesar de ello, su legado no desapareció. En ese emblemático salón de su casa entró muy pronto una nueva parranda, la tercera y última en la vida de Octavio, formada por tocadores de la talla de Mario García García, Cándido González García, Goyo García Pérez o Ángel Luis Pérez Trujillo. Estos excelentes músicos y algunos otros que se sumaban ocasionalmente, compartieron sus últimas parrandas. Todos ellos, unidos a María Candelaria López Felipe, en representación de Los Alzados, y otros grandes amigos de Octavio como Víctor Cabrera Higuera y Antonio Ruiz Martín, miembros del Grupo de Investigación de la Música Tradicional de Tenerife, se encargaron de darle el último adiós entonando las siguientes folías a la salida de la iglesia, tal como él había hecho con otras compañeras y compañeros suyos:

 

Allá, en el cielo, un timplillo,

una guitarra y laúd,

cantamos todos folías

a la Virgen y a la Cruz.

Javier Acevedo Reyes

El día en que a mí me falte

la luz que me da la vida,

tan solo quisiera oír

un timple en la lejanía.

Mercedes Padrón Bencomo

Una guitarra y un timple

se me murieron ayer;

el corazón de un amigo

yo no lo puedo perder.

                     Antonio Ruiz Martín

Octavio, hombre parrandero,

aunque ahora estés en el cielo,

siempre estarás parrandeando

con todos tus compañeros.

Pedro Padilla Hernández

 

Por ese “salón-escuela” de nuestra música tradicional, asimismo, continuaron pasando otras personas dispuestas a aprender lo mucho que les podía enseñar Octavio. Pero los dos alumnos más sobresalientes, sin duda alguna, fueron sus propios hijos: Rosi, que, además de cantar desde que apenas tenía cuatro años, aprendió a tocar con él la guitarra y, sobre todo, la contra, y Octavio, en el que ha perdurado el estilo singular de tocar la guitarra de su padre. Cuando haya pasado el profundo dolor que hoy sienten por su lamentable e inesperada pérdida, seguro que seguirán tocando y cantando, lo mismo que su madre, porque tocar y cantar como les enseñó su padre es el más bello homenaje que le pueden hacer a un “maestro entre maestros” como Octavio; y es, además, la mejor forma de perpetuar el profundo amor y el respeto que manifestó, hasta la misma noche en que fue sorprendido por la muerte, hacia nuestra música tradicional, a la que despidió con las notas y acordes de su viejo acordeón y esas vetustas melodías con las que aprendió a afinar, desde muy niño, todos sus instrumentos, en especial, su contra y su guitarra. Dejarlos perfectamente afinados y preparados para tocar solo parece indicar su deseo de que siguieran sonando tan bien como habían sonado siempre e, incluso, mejor que nunca, para que sus ecos pudieran llegar hasta ese “Más allá” donde nos esperará eternamente.

 

La muerte es tan prepotente

que el amor cree acabar,

sin darse cuenta que amar

traspasa la misma muerte.

Con la música, aunque quiere,

tampoco puede acabar,

mientras que puedan tocar

sus instrumentos queridos

las manos de sus dos hijos

que jamás lo olvidarán.

Carmen Nieves Luis García

 

Nota: La autora y toda la familia de Octavio agradecen, profundamente, la inestimable colaboración brindada por Isidro Felipe Acosta, del Departamento de Prensa del Ayuntamiento de Los Realejos.

 

 

 

Foto 1. Octavio con su peculiar estilo de coger y tocar la guitarra. Archivo familiar.

 

 

 

Foto 2. Parranda en la “Entrega de la bandera” de la fiesta de San Benito, en los años 50. La forman las dos guitarras de Octavio y su hermano José, acompañados de Manolo Mesa, en el centro de la fotografía, la contra de José el de Juan “el barbero” y la guitarra de Manuel García Fuentes. Archivo municipal de Los Realejos.

 

 

 

Foto 3. Parte de la antigua parranda, que, durante muchos años, compartió Octavio y Rosa, su esposa, en una grabación realizada en las Pascuas de 1990. Archivo de la autora.

 

Foto 4. Octavio con su esposa y su hijo “Tavi” durante una de las parrandas, que, con frecuencia, se organizaban en su casa. Archivo familiar.

 

 

Foto 5. Los dos hijos de Octavio, Rosi y Octavio o “Tavi”, continuadores privilegiados de la valiosa tradición musical heredada de un padre ejemplar y un inolvidable maestro entre los maestros de la música tradicional canaria. Archivo familiar.